Antonio Villegas:»LOS TEMIDOS DRAGONES DE CUERA»

DragonesEl Virreinato de Nueva España en su frontera norte abarcaba desde La Florida hasta California extendiéndose en una línea de más de tres mil kilómetros.
Al norte de aquella frontera del Imperio Español vivían las tribus indias nómadas que se harán famosas años después gracias al cine, Mescaleros, Chiricahuas, Navajos, Apaches, Comanches…

Las incursiones despiadadas de estas tribus contra los asentamientos españoles obliga a construir, como si se estuviese en Berbería, una serie de fortificaciones de adobe con torres artilladas. Se llamarán “Presidios”, igual que las plazas españolas en África tan lejanas pero compartiendo Bandera y Rey, que parece mentira que con los pocos que éramos los españoles nos desparramásemos por el Mundo de la manera que lo hicimos.

Algunos de estos Presidios llevaran nombres como Tucson, Santa Fe, San Francisco o San Antonio de Béjar, el pueblito donde estaba el famoso fuerte del Álamo y que era ni más ni menos que los restos de uno de estos viejos presidios españoles, amén de iglesia jesuita pues ellos fueron y no otros los que impulsaron la extraordinaria aventura que significó colonizar el norte de Nueva España.

Estos asentamientos estaban defendidos por una unidad del Ejército que está olvidada y llena de polvo, del polvo amarillo de aquellas lejanísimas tierras, sin Laureadas y sin medallas colectivas, apenas recordados en la ingrata España.
Y eso que desde finales del siglo XVI hasta 1821, cuando los mexicanos decidieron independizarse y seguir su propio camino, esta unidad defendió tan extensa frontera sin apenas recursos y sin apenas gente, cumpliendo como los mejores y ganándose el respeto de los bravos guerreros indígenas.

Impávidos sobre sus monturas lo hicieron tan bien, que entre las tribus indias no había cosa que temieran más que a Manitú cabreado o a un “soldado presidial”, que así se llamaban también arremetiendo contra él con su espada ancha y cara de pocos amigos.

Se llamaban Los Dragones de Cuera. Y en la frontera de Nueva España, pelearon sin descanso contra indios hostiles, contra franceses, contra ingleses, yanquis y todo aquel que se les puso por delante. Y lo hicieron siempre con el arrojo y el valor de la vieja raza por cuyas venas corría la sangre.

Los Dragones patrullaban la frontera y defendían los asentamientos muy frecuentemente atacados por los indios, pues en los presidios muy pronto las cosas empezaron a funcionar y había frutales y ganado y caballos y comercio y prosperidad.

La denominación “De Cuera”, pues el nombre oficial era el de “Tropas Presidiales”, se debía al abrigo largo sin mangas hecho de cuero y de varias capas de grosor, que los soldados vestían y que les servía para defenderse de las flechas y de las cuchilladas del enemigo.
Sus armas eran una lanza o una escopeta de calibre muy grueso, que muchos soldados debido a la complejidad de su recarga cambiaban por un arco y unas flechas indias, espada ancha, daga, y una rodela que todos embellecían con el Escudo de España y algún motivo local.
Sobre la bandolera, bordado, llevaban el nombre del Presidio del que procedían, que si Tucson, que si San Diego, que si San Antonio…

Cada hombre debía contar con varias monturas y un mulo cuando salían de patrulla, pues las enormes cabalgadas persiguiendo enemigos eran el pan nuestro de cada día y los caballos reventaban cada pocos meses y así transcurría la vida, para aquellos valientes y endurecidos compatriotas, que dejan a John Wayne y a Clint Eastwood a la altura del betún… ¡Qué sabrán estos lo que son apaches!

La unidad adquirió justa fama de dura y valerosa en el combate y eran expertos guerrilleros igual que sus enemigos y como españoles nacidos allí, aguantaban bien lo extremo del clima y el paisaje lleno de pedruscos, tierra reseca y matojos espinosos.

Los Dragones firmaban un compromiso de diez años (¿dices tu de mili?) y hubo oficiales valones e irlandeses entre sus filas.
Con los años casi todos sus componentes eran nacidos en Nueva España, conocedores del terreno, del enemigo y que defendían una tierra que sentían como suya, hija de aquella otra que estaba allende el Océano.

Defendieron con valor cada centímetro de terreno propio, dejándose la piel y el corazón por el Escudo bordado que llevaban en sus rodelas y murieron con las botas puestas en Nebraska, cuando Pedro Villasur y cuarenta y cinco dragones sucumbieron ante una masa de cientos de guerreros Pawnes, (los malos del Último Mohicano), y de gabachos que les apoyaban y les proporcionaban armas.
Muerto el capitán se formó un circulo alrededor de su cuerpo y allí murieron aquellos valientes dando cuchilladas y escopetazos hasta el final.

Y aquella fue la única derrota seria de los Dragones… Y de nada sirvió pues pocos años después Juan Bautista Anza derrota a los indios una vez tras otra obligándolos a firmar acuerdos de paz o morir peleando.

Ellos solos defendieron aquella tierra lejana y polvorienta, aquella esquinita del Imperio que era su hogar.
Y tan bien lo hicieron que en todo el tiempo que los Dragones defendieron el territorio no se perdió ni un centímetro de suelo y los enemigos jamás lograron hacer retroceder a aquellos jinetes renegridos del sol mexicano que mientras se lanzaban a la carga gritaban:

– ¡Santiago!, ¡España…!

Los hombres-magia de las tribus decían entre susurros, para no despertar a tan fiero guerrero, que el totem Santiago de los Dragones era muy poderoso…
Que mejor era correr y esconderse cuando los españoles lo llamaban, pues ya no descansarían hasta que la sangre chorrease por sus espadas.

Lo malo era que ante los Dragones de Cuera pocos lugares donde esconderse podían encontrar.

Fuente: A. Villegas

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