DIFAS 2014 Y EL STATUS DEL SALIENTE

PitarchMañana se celebra el acto central del Día de las Fuerzas Armadas (DIFAS 2014). Se concretará en una modesta parada militar en Madrid. No estoy seguro si la presidirá el Rey o el Príncipe de Asturias. Pero no nos engañemos: esa ocasión junto a juras de bandera, exposiciones, izados de bandera, jornadas de puertas abiertas, etc, en diversas guarniciones y pueblos durante esta semana, hasta totalizar 270 actividades, saben a poco. No solo por su leve entidad, sino principalmente porque todos esos actos no pasan de meros fuegos artificiales si lo esencial, la operatividad de las unidades —que es la verdadera razón de ser del tinglado de la defensa—, está por los suelos por falta de presupuesto para adiestrarlas. Y eso, por mucho que la propaganda del ministerio de defensa, en la que emplea por cierto un buen puñado de euros, pretenda mercadear con una realidad imaginaria. Al margen de eso y en todo caso, quede expresa mi mejor felicitación a todos los miembros de las FAS en el DIFAS 2014.

Esta semana parece buena ocasión para tratar del aspecto militar del cambio en la jefatura del estado. Es algo poco debatido, aunque dos cadenas de televisión me han pedido hablar brevemente de esta materia, sobre la que hay bastante desorientación y opiniones muy dispares. El tema concreto que propongo para debate y aportación de ideas, es el futuro status militar de don Juan Carlos, cuando deje de reinar y pase a ser Rey-padre. Es algo que no está regulado. No está desarrollado en las leyes. Lo único contemplado se refiere al Rey. Según el artículo 62 de la Constitución, al Rey le corresponde el mando supremo de las FAS. Una función de carácter institucional, formal y de representación (sobre esto intentaré afilar bien el lápiz en un post posterior). Por otra parte, en el artículo 2 de la Ley de la Carrera Militar (LCM) el Rey ostenta, “en exclusiva”, el máximo empleo militar, el de Capitán General del Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire. Ello quiere decir que, en el momento de su abdicación, el Rey saliente pierde función y empleo militar, que automáticamente se transfieren al entrante.

El sentido común hace pensar que el ex-Rey podrá seguir vistiendo el uniforme de su actual empleo militar, en similitud a lo que hacemos los retirados en actos militares y sociales solemnes, de acuerdo con el art 115 de la LCM. De todas formas, tratándose de un monarca voluntariamente abdicado, seguramente habría que legislar algo sobre esto. Pienso que sería adecuado mantenerle el empleo de capitán general con carácter honorífico. Ya se hizo algo similar en sus respectivos momentos, con el Conde de Barcelona y con el teniente general Gutiérrez Mellado. Otra cuestión sería el procedimiento. Podría aprobarse en una regulación específica de nivel Real Decreto. Aunque quizás lo más apropiado sería meterlo en el paquete de temas que el gobierno tiene que estar ahora elaborando (¡ay! cuánta improvisación). Porque, seamos claros, en comparación con los varios asuntos de fondo a contemplar como, por ejemplo, el vital aforamiento del ex-monarca, lo de su empleo militar honorífico parece algo secundario. ¿No creen?

Para terminar esta base de discusión, quiero referirme a un par de preguntas que me ha hecho un periodista. Éste estaba interesado en saber cuál de los tres uniformes (tierra, mar o aire) vestirá el nuevo Rey, en el acto de su proclamación en el congreso de los diputados. Le respondí sin dudarlo que, por razones obvias, el de tierra. Luego, al rumiarlo, y a la vista de la creciente tendencia a la normalización de lo excepcional, lo mismo aparece con uno de los otros dos o, incluso, de civil. ¿Ustedes tienen opinión sobre esto?

Y en segundo lugar, me planteaba si podría darse en el futuro la situación en la que el nuevo Rey y el Rey-padre coincidieran en un acto, los dos con uniforme de capitán general. Yo, a la vista de lo dicho anteriormente sobre lo normal y lo excepcional, no le veo complicación alguna. Por ejemplo —respondí al periodista— de vez en cuando vemos en un mismo escenario a dos Papas vivos, Benedicto XVI y su sucesor Francisco; en perfecta armonía y ambos vestidos de blanco. Y ni cisma ni nada raro pasa. Y eso que en sus respectivos orígenes al pontificado medió —según los teólogos— nada menos que la divina voluntad del Espíritu Santo. Pues con más razón no debe haber problema en este caso más terrenal, en el que originariamente solo intervino la voluntad de don Francisco, bien que éste también marchara bajo palio.

Fuente : Pitarch