Obama

Juan_ChicharroNo. No me refiero al Presidente de los EEUU sino a una “amistad” reciente nacida en circunstancias cuando menos extrañas.

Me gusta el deporte y en estos momentos mi afición principal es la bicicleta, y para su práctica no hay mejor sitio en Madrid que el parque del Retiro, por la sencilla razón que me parece es el único sitio de nuestra Villa y Corte donde no hay cuestas.

Allí, en la ribera – ¿se puede decir así? – del lago que se ubica en dicho parque se encuentra el paraíso de los denominados “top manta”. Todo parece indicar que allí gozan de mayor libertad que en otros lugares y es habitual el encontrárselos a diario con una gran exposición de los abalorios que disponen: bolsos, pañuelos, gafas, relojes… etc.

En uno de mis recorridos matinales me detuve ante uno de los puestos buscando un reloj de los denominados de réplica. Mi interlocutor, subsahariano, como ahora son llamados los hombres de raza negra, no tenía lo que yo buscaba pero el hombre no dispuesto a arredrarse por nada me citó para el lunes de la semana siguiente con la promesa de poder proporcionármelo.

Este hombre se llama Obama.

Lamentablemente, como sucede a veces, mi necesidad de ese reloj desapareció y me olvidé de este asunto. Siendo habitual de ese paseo matutino en bicicleta por el Retiro, uno de esos días me encontré de repente con un negro persiguiéndome a todo correr y llamando mi atención. Me asusté en principio pero pronto constaté que se trataba de Obama quien no se había olvidado de mi encargo.

Me paré y hablé con él para aclarar la situación. Entablada la conversación más allá de la propia de la transacción comercial me di cuenta de su recelo y desconfianza para dar datos de su condición. Poco hablamos ese día pero supuso al menos romper el hielo.

Días después volví a encontrármelo y ante mi osadía de invitarle a tomar un desayuno – digo osadía por la cara de los quiosqueros, al ver algo que no debe ser habitual – compartí alguna de sus experiencias no sin gran esfuerzo. Y así sucedió en unas cuantas ocasiones más.

El hecho de que estas líneas se separen de mi línea argumental relacionada las más de las veces con asuntos de Defensa es engañoso, y si alguno de mis lectores es capaz de leer este artículo hasta el final verá como lo que expongo sí concierne a nuestra seguridad.

No se sí logré ganarme en algún momento la confianza de Obama; si es cierto que al menos logré que se explayara conmigo con una naturalidad de la que yo mismo aún me asombro.

Obama nació hace 25 años al norte de lo que hoy es la República Centroafricana, algo que para él no es significativo toda vez que tan sólo se siente identificado con su tribu y etnia de origen. Hace cuatro años su aldea donde vivía con su mujer y sus dos hijas fue arrasada por grupos cristianos de una partida conocida hoy como antibalaka, un grupo dedicado erradicar a los miembros de la minoría musulmana en ese país centroafricano.

Desde nuestra perspectiva errónea del mundo nos extraña este hecho pues estamos acostumbrados a que sea al revés, es decir, a que sean los cristianos los atacados, algo, que siendo cierto en muchos sitios, no es óbice para que también suceda lo contrario en algún que otro lugar.

En el nombre de Dios o de Alá se han hecho muchas barbaridades en la historia. La consecuencia del ataque sufrido en la aldea de Obama fue que su familia fue asesinada y él logró milagrosamente escapar acompañado por un hermano. Según me cuenta, vagaron ambos por la selva durante algunas semanas hasta alcanzar la costa atlántica del Camerún, no sin experimentar el miedo en sus cuerpos permanentemente, y muy en especial, cuando en la oscuridad de la noche oían y sentían la cercanía de las hienas al acecho.

Tras días deambulando por la zona portuaria de Douala ambos hermanos se enrolaron como mano de carga en un barco chino. Allí apenas permanecieron una semana toda vez que tocando el puerto de Dakar en Senegal desembarcaron con la esperanza de topar con los guías, de los que habían oído hablar, que les podrían encaminar hacia un mundo donde el hambre y el miedo no existían: Europa .

No tardaron en encontrar esa vía y junto a otros muchos emprendieron un camino hacia el norte a través de Mauritania y Marruecos para acabar donde ya se pueden figurar: en los aledaños de la ciudad española de Melilla. Este viaje descrito aquí en dos líneas duró dos años.

No he sido capaz de tener claro que es lo que hizo Obama durante todo este tiempo. Quizás porque el recuerdo de lo sufrido no propiciaba el relato; tan sólo percibí y lo doy por cierto, su contacto esporádico, o algo más, con algún grupo islamista radical. O sea, Al Qaeda. Recordemos que, tal como ya dije antes, Obama es musulmán.

Y así, a través de conversaciones muchas veces intrascendentes, llegué a conocer lo que más me impacto de toda esta relación: Obama es uno de tantos de los que han saltado la verja de Melilla, y que tras lograr escapar de la persecución de la policía española logró no sé cómo adentrarse en nuestra nación.

De esta historia, verdadera, surgen dos reflexiones. Una de carácter humano y otra profesional.

La primera me empuja a meditar sobre la injusticia y el mal del mundo presente. Situación que si en otras épocas era tal vez imposible de corregir hoy es inadmisible. La brecha entre el mundo opulento en el que la geografía nos sitúa y el denominado tercer mundo es más grande que nunca, y con visos de no cerrarse en un mediato futuro.

No sé cómo denominar la relación que he mantenido con Obama durante mis conversaciones. No es amistad, desde luego, porque vivimos en dos universos tan distintos que la confluencia de pensamientos es casi imposible. La perspectiva que Obama tiene de lo que vemos es muy diferente de la mía o de la suya que me lee.

Obama me comentó un día el odio que corroía su interior cuando desde lo alto del Gurugú veía a lo lejos las luces de Melilla, pero asumía su destino porque así lo había dispuesto Alá. Y es aquí donde mi reflexión de indignación personal por cuanto le había acaecido se torna en seria preocupación profesional toda vez que esa disposición divina si es manipulada convenientemente – y aquí entran los ideólogos de Al Qaeda – puede llevarle a cambiar su “manta de relojes” por un fusil o una bomba.

La tropa perfectamente organizada que vemos descender reiteradamente por las laderas, regadas en tiempos pasados por abundante sangre española, del monte Gurugú y que confluye en esa zona proveniente de muchas partes de África es caldo de cultivo no sólo de las mafias sino también de movimientos extremistas islámicos. Y… por supuesto de los servicios de inteligencia marroquíes quienes controlan sus movimientos desde el mismo momento de la entrada en su territorio. Me consta que todos estos movimientos son objeto minucioso de seguimiento por nuestros propios servicios de inteligencia, si bien de momento su amenaza, tal como se plantea aquí, es minorada ya que son considerados como inmigración ilegal o irregular.

Y seguramente lo son, pero también – al menos estos grupos a los que me refiero – carne de cañón de otros intereses que los utilizarán cuando llegue el momento conveniente.

El mundo del Sahel y el de los países al sur de esta franja están en ebullición y conforman, cada vez más, vasos comunicantes; más aún cuando nos encontramos, por ejemplo, en la República Centroafricana con cientos de miles de desplazados que no lo serían si reinara la estabilidad en sus países. Por eso me extraña el aparente desinterés de nuestra política exterior en lo que se refiere al envío de tropas a ese país alegando que España no tiene intereses específicos en la zona.

No sé pero tengo la impresión que el problema radica más bien en la falta de recursos disponibles en el presupuesto, especialmente en el de Defensa.

Por otro lado considero muy acertado cuanto se expone en un documento del Ejército denominado “Frontera Avanzada” en el que se considera el Sahel como el escenario objetivo de los movimientos islámicos radicales y un gravísimo foco de inestabilidad regional. En ese documento se desarrolla el concepto de empleo de las fuerzas del Ejército de Tierra en escenarios desérticos y semidesérticos, con especial atención al Sahel.

De momento son documentos y mientras no se materialicen no es malo recordar la película Casablanca y aquello de “siempre nos quedará París”, o sea Francia.

Obama ya no está en el parque del Retiro. Tal vez haya seguido camino del norte a Francia. Nadie sabe de él.

Fuente : LaRepublica

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