Pedro Pitarch: Transformar los muebles

DIADA_CATALANA_PITARCHLa cumbre OTAN de Praga de 2002 orientó a los aliados hacia la idea de “transformación”. Era la respuesta a la creciente volatilidad del escenario de seguridad. Pasados diez años, con un escenario más incierto que nunca, ese concepto sigue sin hacer mella real en estos pagos. Sobre cuestiones de defensa, aquí casi nunca se tienen ideas claras más allá del corto plazo. No se entiende que transformación no es meramente modificar estructuras. No es solo cambiar de forma de hacer. No es la mera evolución. Transformación es una nueva forma de pensar, dinámica y en clave de futuro, que promueva la rápida adaptación, si no el adelanto, a los cambios o mutaciones del escenario estratégico y de seguridad de nuestros días. Como idea y objetivo sigue vigente.

Una crisis político-económica tan profunda y perniciosa como la que sufrimos nos exige imperiosamente pensar en términos de futuro. Estoy convencido que empezaremos a salir de ella ya más pronto que tarde. Al menos en lo que se refiere al campo económico. Porque sobre el político uno es más escéptico. Aparte del tema catalán que es de aúpa, en ese dominio nada parece cambiar. Indefectiblemente, casi cada semana aflora un nuevo escándalo en el planeta de la política. Meter la mano en el bolsillo del prójimo resulta demasiado frecuente. Desde los aledaños de la cúpula del estado hasta su base. Si ello es así, si la crisis ética de la política no se enmienda, ¿por qué la defensa nacional —concepto político donde los haya— habría de salir fácilmente de la crisis en la que asimismo está sumida? De ahí, quizás, el por qué la “Visión 2025”, elaborada por el Estado Mayor de la Defensa, tenga tan poca credibilidad, incluso siendo nonata para la ciudadanía. Quizás sea mejor que permanezca “sine die” en su actual estado de ingravidez. Nos ahorraremos frustraciones.
Por eso me sorprendió la publicación en un diario de tirada (corta) nacional, el 19 de noviembre pasado, del artículo “Una nueva ley para la organización militar” firmado por el ministro de defensa, Sr. Morenés. De su lectura saqué la impresión — quizás por la proximidad a las Navidades— que se trataba más de una carta a los Reyes (magos), que de una visión realista sobre el futuro de la defensa nacional. Además, me produjo irritación ocular y fuerte lagrimeo el abundante incienso quemado por el periodista, exaltando al Ministro con unos empalagosos “cortos” , que no recordaba haber leido desde los que, en otro diario muy público, se dedicaban a la antecesora del Sr. Morenés. Pocos días después entendí el por qué de las cosas. Las cosas de la nómina.
Y todo sigue prácticamente igual. En un año, suceder, lo que se dice suceder, y estamos hablando de hechos, solo ha habido de serio y novedoso el pago de más de 1.700 millones de euros a determinadas y previsibles industrias de defensa. Decididamente, esto sigue sin encarrilarse. Si no que se lo pregunten a los miembros (de magnífica valía profesional individual) de la llamada unidad de transformación del EMAD. Me temo que eso de la transformación en Defensa, queridos lectores, no lo verán nuestros ojillos pecadores.
Mientras tanto, los estados mayores, tanto de la Defensa como de los dos Ejércitos y de la Armada, no permanecen inactivos. Eso es imposible en un estado mayor. Si lo sabré yo. Pero su febril actividad no puede orientarse hacia transformar nada. Porque cada uno está a lo suyo. Tal y como respira la política española, no será fácil modificar la actual gráfica presupuestaria de escalera descendente. Como mucho se podría aspirar a una gráfica en L, no sé cuándo. Pero no en U. El instinto de supervivencia manda. Lo urgente parece ser levantar barricadas y planear cómo salvar o transformar los muebles. Es conservar en los respectivos inventarios las capacidades que se tenían hasta hace poco. Saben, en definitiva, que lo que se recorte ahora por mor de la crisis, no se recuperará cuando salgamos de ella. Y de ahí la anunciada tendencia hacia la polivalencia orgánico-operativa cuando, en mi opinión, las amenazas y los riesgos parecen demandar una mayor especialización de capacidades. Sin mencionar la costosísima dispersión logística que la polivalencia significa. Eso, criaturas, no es transformación.
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