Pedro Pitarch «TRAZABILIDAD PERNICIOSA»

PitarchEn la estela de la revolución francesa, el siglo XIX planteó la libertad como el gran objetivo individual. El transcurso del tiempo vino a mostrar que, sin igualdad, la libertad era mera utopía. Es en el siglo XX cuando la libertad se conforma más plenamente como objetivo de las sociedades modernas. Es la época de la lucha por la libertad frente a los regímenes y doctrinas totalitarios, así como de la definitiva emancipación colonial a nivel global. La caída del Muro, en sus postrimerías, pareció la mejor prueba de la consolidación de una libertad “igualitaria”.

Sin embargo hoy, ya en el segundo decenio del siglo XXI, se comprueba que ha habido reflujo. Aunque no sea algo nuevo, al concepto de libertad le ha aparecido un formidable y muy robustecido contrincante, el de la seguridad. Nuestro siglo se plantea –o quieren planteárnoslo- como el de la lucha por el “supremo” objetivo de la seguridad. Naturalmente, en detrimento de la libertad. Seguridad versus libertad es, por tanto, el gran dilema con el que hoy nos enfrentamos en las llamadas democracias avanzadas. Cuestión particularmente compleja si se tiene en cuenta que en la idea de seguridad la subjetividad resulta central. Uno, por ejemplo, puede sentirse muy seguro en su casa contando con un fiel perro guardián, mientras que otro, en ese mismo lugar, dotándolo de alarmas, sensores y medios electrónicos de protección, sentirse muy inseguro.

Vivimos tiempos muy difíciles para las libertades. Especialmente las individuales. El furibundo escándalo actual, provocado por las escuchas y el espionaje desarrollados por varias y variadas agencias norteamericanas en todo el mundo, es un síntoma paradigmático de ello. En EE UU (y no solo allí), siempre ha existido una especie de obsesión por la seguridad. Eso se profundizó a partir del 11 de septiembre con la aprobación de la ley conocida como “Patriot Act”, que amplió las facultades del estado para combatir al terrorismo, restringiendo los derechos constitucionales de los ciudadanos. Claro que, en esta parte del Atlántico, se pensaba que aquella ley estaba orientada hacia su propio territorio. Ahora parece aplicarse a todo el planeta.

Y así, en aras de conseguir el máximo de seguridad, se monitoriza y espía todo lo que se mueve, ya sean individuos, embajadas, grandes compañías, la ONU, las oficinas de la Unión Europea en Bruselas o, como diría el castizo, hasta el lucero del alba. La voracidad informativa y productora de inteligencia norteamericana desborda ampliamente la lucha antiterrorista y parece no tener límites. Muchos lo sabíamos o lo intuíamos. Por eso extraña un poco la enorme polémica levantada por la descarnada difusión de aquella actividad. Aunque quizás sea porque, aunque se diera por hecho que los norteamericanos espiaban a mansalva tanto en su propio terreno como en el del “enemigo”(real o potencial), no se esperaba que aplicaran la misma medicina en el “amigo”, y menos en tan fuertes dosis. La ministra de justicia alemana, Sabine Leutheusser-Schnarrenberger, ha redondeado la idea: esa clase de proceder “es una reminiscencia de las acciones de enemigos durante la guerra fría”.

Y eso afecta de pleno a España y los españoles. Estamos en el mundo. Resulta particularmente sorprendente ese «a mí no me han espiado y, en general, tampoco» (a España) del ministro de Defensa, Sr. Morenés. Quien, por cierto, tiene sobradas razones para saber bien cómo funciona el sistema “informativo” de EE UU. De cualquier manera, es difícil resistir la tentación de resaltar dos curiosas notas (o vulnerabilidades) de ese país, en relación con su pertinaz hiperactividad informativa y de producción de inteligencia. La primera vulnerabilidad es su procaz y demostrada incapacidad para evitar las filtraciones. Cuando cruzan la línea roja, los hechos, más pronto que tarde, aparecen impúdicamente en las portadas de los medios. Con el consiguiente escándalo. Aparte del famosísimo Watergate, que tumbó al propio presidente del país, más cerca del oído del lector figuran, por ejemplo, los nombres de Wikileaks, Edward Snowden, Julian Asange, o del soldado Bradley Manning.

Y la segunda nota curiosa sale de cómo las autoridades norteamericanas aparecen o ingenua o cínicamente sorprendidas y frustradas por las voces de protesta que se elevan desde el campo aliado, cuando sus servicios son denunciados o pillados “con las manos en la masa”. En una brutal falta de comprensión histórica, al norte del río Grande no acaban de entender que la potencia mundial dominante podrá imponer su forma de vida, sus productos, sus leyes o sus dictados. Así fue el caso de España en el siglo XVI, y posteriormente el de Inglaterra o Francia. Pero por esa preminencia, el “hegemón” podría esperar recelo, temor, disgusto, “pelotilleo”, envidia, desconfianza o lo que uno quiera, pero nunca el “amor”. Quizás sea éste uno de los grandes dramas norteamericanos: ser la primera potencia mundial y no sentirse amados por aquellos que están bajo su «férula».

En aras de la seguridad, parece que los grandes poderes nos han impuesto una nueva forma de vida. Porque la privacidad individual y la propia intimidad pueden haber quedado a los pies de los agentes del poder, en base a lograr el máximo de seguridad para así, paradójicamente y en la visión de aquéllos, gozar de mayor libertad. Difícil y poco convincente ecuación sin duda. Hoy (Google, Twitter, Facebook etc, mediantes) nadie puede vanagloriarse de no ser, o no poder ser, escuchado, espiado o monitorizado: vivimos en un mundo de trazabilidad perniciosa.

En definitiva, más que nunca, se podría hoy afirmar que estamos ante la dialéctica de Hobbes y Locke. Entre el pesimismo antropológico del primero, que concibe el estado como garantizador de la seguridad a toda costa, y la visión del segundo que piensa en un estado garantizador de las libertades individuales, por lo que debe ser incluso objeto de vigilancia. ¿Es éste un juego razonable? ¿Por qué no las dos, seguridad y libertad? O, en todo caso, ¿qué proporciones de una y otra podrían conjugarse para alumbrar una fórmula razonable? Son tres preguntas que incitan una cabal reflexión, a la que invito a entrar al lector.

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